A Benidorm le precede su fama: el destino de rascacielos de la Costa Blanca, la zona de bares de Levante, el chiste recurrente del turismo de masas. Pero si uno mira hacia arriba, el chiste se complica. La ciudad tiene más de treinta edificios que superan los cien metros y más de setenta y cinco que pasan de los ochenta, pero entre sus dos playas aún pervive un casco antiguo en un promontorio rocoso, con callejuelas que suben hasta la cúpula de tejas azules de Sant Jaume y el Balcón del Mediterráneo.
Nada de esto es casual. El Plan General de 1956, aprobado bajo la alcaldía de Pedro Zaragoza Orts, fue el primer documento de su clase en España. Una revisión de 1963 permitió construir hasta once plantas siempre que se dejara un espacio mínimo de catorce metros entre edificios, obligando a cada bloque a ceder terreno para zonas verdes y de ocio, una norma que la ciudad todavía aplica. Los urbanistas estudian el resultado como un modelo de densidad compacta, con un crecimiento apilado en vertical sobre dos bahías en lugar de extenderse por la costa. El clima es la base de todo, con temperaturas diurnas en enero que rondan los diecisiete grados, máximas en agosto cercanas a los treinta y dos, y una media anual que se acerca a los diecinueve.
No es una ciudad para todo el mundo. Quien busque un casco antiguo de casas encaladas y calas de guijarros debería mirar hacia el norte, a Altea; para encontrar casas pintadas, precios más bajos y el hospital público, mejor mirar al sur, a Villajoyosa. La vida residencial más tranquila está en el interior, en La Nucía y Finestrat. Benidorm es para quien quiere una ciudad activa que nunca cierra.